¿Qué tanto sirve saber?, ¿Qué preguntar y qué no preguntar? y más aún, ¿Qué decir y qué callar cuando la pregunta está fuera de lugar o la persona no la podrá tolerar?

Cuando uno se enamora – y particularmente después de una noche de copas y buen sexo – es común, entre jugando y en serio, empezar el maratón de preguntas sobre el pasado amoroso del nuevo amor. “¿Cuántas parejas has tenido?”, ¿has sido infiel?”, “¿qué posturas disfrutabas más en el sexo?”, “¿a veces piensas en ella?”, “¿dime más de su vida y así me la quitaré de la cabeza?”, y en ese ir y venir de preguntas y respuestas, muchas veces nos quedamos atrapados en un malestar que no es nada sano.

Hoy en día estamos en una era de incertidumbre

Sin duda recorremos tiempos amorosos inciertos: los fracasos son frecuentes, las dudas son constantes, las traiciones son comunes, y la incapacidad de ponerle “nombre y apellido” a lo que somos en las relaciones, así como la imposibilidad de afirmar “que lo nuestro es sólido y que durará por siempre”, nos lleva a querer poseer información de más con la idea de que eso nos evitará repetir errores, apaciguará nuestros resquemores y nos garantizará un futuro triunfal.

Cuando si hay que aplicar el cuestionario amoroso

Si la persona ha tenido una o más relaciones de suficiente duración.

Si las relaciones vividas tenían un propósito y algún tipo de compromiso claro.

Si en tales relaciones hubo violencia de algún tipo y quién la ejerció.

Las razones generales de la terminación y las formas usadas para ponerle punto final.

Si sigue habiendo algún tipo de contacto con aquella persona y los términos del mismo, sobre todo si hay hijos de por medio.

Cómo se organizó la relación, en términos generales, en cuanto a lo económico, a los roles de género y a los acuerdos sexuales, y si aquello funcionó.

Si padece o ha padecido enfermedades que pongan en riesgo la integridad física, sino la vida y la de la nueva pareja.

Si la relación presente con sus familiares, empleados, compañeros de trabajo y amigos es cercana, respetuosa, incluso cálida.

Y claro, cómo se proyecta, la persona, a futuro.

En general las personas, estamos más interesadas en el ….currículo sexual y amoroso de nuestra pareja, que en el tipo de compromisos y relaciones que ha sostenido en el pasado y sostiene en el presente, así como su proyección de vida a futuro.

¿Qué factores nos llevan a querer tener el control del pasado de nuestra pareja y a querer saber más de lo necesario?

Una historia personal, amorosa o familiar, no sanada.

Una estructura de carácter demasiado ansiosa que requiere tener el control y las certezas de todo para controlar su ansiedad.

Un apego temprano inseguro que detona permanentemente la necesidad de confirmación para no temer la distancia o el abandono.

Una baja experiencia de valía o competencia personal que detone la necesidad de sentirse “más” que las personas anteriores.

Una idea errónea de la intimidad como intercambio de “verdadazos” en vez de un oportuno develar lo que se quiere y es importante compartir.

La necesidad de tener una “carta bajo la manga” con información del otro que puede ser usada en su contra más que el interés de comprenderlo.

Padecer de celos retrospectivos que llevan a un deseo de posesión del pasado de la persona amada.

Una idea errónea de lo que es el amor y el deseo, y de la cierta distancia y ocultamiento que requieren para florecer.

La necesidad de “particulares” estímulos para lograr la excitación sexual.

Una estructura de carácter paranoide que vive amenazada por la traición.

Siempre hay que estar consientes de lo público, lo privado y lo íntimo

Todo tenemos:

Un mundo público que incluye información que damos a conocer a todos.
Un mundo privado que abrimos a la gente cercana con quienes compartimos parte de nuestra intimidad.
Pero además poseemos un mundo íntimo, complejo y contradictorio: fantasías, pensamientos y sensaciones; diversos sueños, temores, vivencias y anhelos.

El mundo íntimo es incomunicable. Difícil ponerlo en palabras. Genera confusión y malestar abrirlo. Incluso puede ser arriesgado poner en palabras lo que se está procesando. Tenemos derecho a preservar un mundo íntimo para nosotros mismos: en él cuestionamos, soñamos y construimos nuestro ser. A veces ni nosotros podemos descifrarlo y entenderlo, menos aún compartirlo.
Nadie puede obligarte a abrirte del todo. Tu tampoco puedes obligar a nadie a abrirse de todo.

¿Somos acreedores a la verdad?

No todos. Muchas personas, una vez que la tienen “en sus manos”, no saben qué hacer con ella. Sea por la razón que sea, porque son inmaduros, neuróticos o abusivos. Una verdad, por poderosa que sea, en manos de alguien que no sepa qué hacer con ella, generará un desastre.

Sin abusar de este argumento como pretexto para no compartir algún tema o problema, es importante evaluar a quién vas a decir qué y para qué.

¿Cuándo es mejor callar o mentir?

Si las mentiras son pocas o son más bien son un ocultamiento.

Si te produce una sensación interna de paz por haber hecho lo correcto.

Si buscas cuidar al otro. Beneficia más a quien la recibe que a quien la dice.

Si no te da ventaja.

Si mentir evita un sufrimiento innecesario y decir la verdad lo genera.

Si al mentir sabes que puedes asumir, si es necesario, las consecuencias de la verdad que pretendes ocultar y, aun así, prefieres callar.

Si el callar te permite experimentarte más congruente y seguro de tu conducta y no un farsante que quiere esconder quién es y lo qué hace.

Si es en defensa propia porque la verdad te generaría daños mayores.

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